Descubren más entierros prehispánicos en playas de BCS

Redacción

14:32 | Jueves 06 de Julio 2017

CIUDAD DE MÉXICO, julio 6 (EL UNIVERSAL).- La marea arrojó en la playa El Conchalito, de La Paz, Baja California Sur, parte de un cráneo humano, que antropólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) identificaron como prehispánico, de una antigüedad de entre 1100 d. C. a la época de contacto español y misional jesuita (1533 a 1768 años d.C.), y que permitió rescatar dos entierros prehispánicos, por lo que suman ya 61 los encontrados desde 1961 a la fecha.
El antropólogo físico Alfonso Rosales-López, investigador del INAH en BCS, informó que el cráneo fue avistado en la playa que se localiza frente a las instalaciones del Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas (CICIMAR-IPN), por científicos que realizan ahí estudios marinos, por lo cual posteriormente investigó y descubrieron una doble inhumación en El Conchalito.
Rosales-López explicó sobre este hallazgo que "se trata de un entierro humano compuesto por dos individuos adultos (uno femenino y otro masculino) cuya edad al momento de la muerte era entre 20 y 25 años. Fueron sepultados de manera simultánea: el hombre abajo y la mujer arriba".
Los cuerpos se depositaron dentro de una fosa no mayor de 50 centímetros de profundidad, boca abajo, con las piernas dobladas hacia atrás y los talones sobre la cadera. Habían sido amortajados con pieles y amarrados fuertemente con cordeles, de los cuales no quedó rastro. Sin embargo, la existencia de la mortaja se infirió por la posición "apretada" de ambos esqueletos.
El arqueólogo detalló que el entierro corresponde a un sistema funerario de doble inhumación, en el cual la anatomía corporal era modificada intencionalmente en la segunda exequia. Si bien muchas culturas "primitivas" compartían dicha costumbre, aquí presentaba rasgos únicos: "a diferencia de otras tradiciones, en las que la separación post mórtem de partes del cuerpo se hacía con instrumentos como navajillas y cuchillos, en El Conchalito se aprovechaba el proceso de descomposición natural del cuerpo para realizar esta tarea manualmente".
Los dos esqueletos hallados tenían removida la cabeza de tal forma que los cráneos estaban en posición vertical: el facial de la de mujer "miraba" hacia el mar y el del hombre hacia el interior peninsular.
Los entierros localizados antes en ese sitio presentaron uno o ambos brazos separados, o las piernas, e incluso en algunos no se seccionó el cuerpo, sólo se cambió su posición. Las direcciones a las que fueron orientados los diversos cuerpos o sus partes separadas en la segunda inhumación, son variables. Por lo que el científico ha considerado relevante el hecho de tocar el cuerpo y mover la anatomía original, lo que está relacionado con una cosmovisión particular, explicó.
"A través de las investigaciones hemos concluido que este proceso corresponde a una forma de pensamiento particular de los conchaleños: para ellos la muerte no existía. En su cosmovisión, el individuo entraba a otra etapa de su existencia: la inmovilidad, seguida por una serie de cambios corporales (proceso de putrefacción) indicativos de que el individuo ‘sufría’ —si una cortada duele, cuánto sufriría el individuo con estos cambios—, lo que se agravaba si se considera que estaba imposibilitado de comunicar a sus congéneres ‘activos’ lo que sentía".
Las dobles exequias, apuntó Rosales-López, se realizaban de la siguiente forma: "al morir los sujetos se daba la primera exequia. Los cadáveres eran fuertemente amortajados en posición flexionada y sepultados en fosas poco profundas (entre 40 a 50 cm). Pasado un tiempo (entre 6 a 8 meses) se celebraba la segunda exequia: el cuerpo era destapado, como éste estaría en proceso de descomposición era frágil y con la ayuda posiblemente de pieles de animal procedían a modificar la anatomía corporal.
"Algunas veces solo movieron una parte anatómica y en otras ocasiones separaron partes enteras del cuerpo. Todo ello de forma manual y sin el uso de instrumentos líticos (de piedra), de hueso o concha. Con esta segunda exequia el fallecido dejaba de ‘sufrir’".
De acuerdo con sus creencias, tras la segunda exequia, la existencia del individuo se fundía con el entorno que rodeaba al cuerpo. Eso revitalizaba la naturaleza, garantizando que la riqueza del entorno natural, siguiera disponible a sus descendientes, entre ellas las fuentes de alimento. En otras palabras, los inmóviles (difuntos) nutrían el hábitat.
La zona arqueológica de El Conchalito tiene una extensión de unos tres kilómetros sobre la costa y entre 40 y 50 metros hacia el interior. Atrás del sitio (hacia el interior peninsular) se extendía una zona de manglar en donde se han hallado puntas de proyectil y manos de metates. Los 61 entierros que se han hallado en un área de kilómetro y medio de la poligonal, coinciden con los mejores lugares para habitar dentro de la playa, concluye el antropólogo en un comunicado del INAH.