Sotero Cirilo duerme en una pequeña carpa azul bajo un puente en Queens, Nueva York.

El inmigrante mexicano solía ganar 800 dólares por semana trabajando en dos restaurantes de Manhattan, pero eso se terminó cuando llegó la pandemia de COVID-19 y ambos cerraron. Unos meses más tarde ya no podía pagar la renta de la habitación donde dormía en el Bronx y poco después tampoco le alcanzó para una habitación en Queens.

“Nunca pensé que caería yo adonde estoy ahorita,” dijo el hombre de 55 años con ojos llorosos. 

Cirilo, quien sobre todo habla tlapaneco, una lengua indígena, es parte de un creciente número de inmigrantes sin autorización para vivir en Estados Unidos a quienes la pandemia ha dejado sin techo, aseguran activistas y grupos de ayuda. Estos inmigrantes trabajaban en sectores que han sido duramente golpeados en los últimos meses, como la gastronomía o la construcción, lo que dejó sin ingresos a miles de trabajadores.

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El desempleo entre los inmigrantes hispanos, sin tener en cuenta su estatus migratorio, se ha duplicado en Estados Unidos, pasando del 4,8% en enero de 2020 a 8,8% en febrero de este año, según el Migration Policy Institute. Activistas y trabajadores sociales en estados como Nueva York o California dicen que los inmigrantes más vulnerables, que no suelen calificar para ayudas económicas públicas, se quedan a veces sin techo.

“He visto un aumento de campamentos de inmigrantes sin techo en Queens. Cada uno tiene cinco o seis carpas,” dijo Yessenia Benítez, una trabajadora social de 30 años que ayuda a estos grupos. 

“Ahora mismo se adaptan reciclando botellas, pero es gente trabajadora. Quieren contribuir a la sociedad. Y antes de la pandemia contribuían a la sociedad, algunos de ellos pagaban impuestos”, agregó Benítez. 

En Los Ángeles, el grupo de ayuda The Coalition for Humane Immigrant Rights ha percibido en los últimos seis meses un “significativo aumento” de llamadas a un número de asistencia a inmigrantes, dijo Jorge-Mario Cabrera, portavoz de la organización.

“Hemos visto un aumento de llamadas de individuos que viven en la calle, que viven en autos, que viven en garajes o que a menudo viven con amigos en condiciones de hacinamiento,” dijo Cabrera. 

Ni tienen dinero para pagar sus facturas del celular. Es por ese motivo que estamos diciendo que uno de los efectos secundarios de la pandemia del COVID-19 es la completa destrucción de la red de seguridad de los inmigrantes indocumentados”, agregó. “Mientras otras comunidades reciben asistencia (financiera), los inmigrantes no reciben nada, la mayor parte del tiempo.”

Cabrera dijo que muchos de los inmigrantes que llaman por teléfono son trabajadores esenciales cuyo salario ha “sido drásticamente reducido”.

En Nueva York, la carpa de Cirilo está al lado de otras que Benítez compró para varios inmigrantes sin techo que formaron ese campamento en septiembre. Bajo un colorido muro lleno de grafitis, los inmigrantes se sientan sobre cajas de plástico y conversan. En el suelo, junto a las carpas, hay mantas, mochilas y decenas de latas y botellas para reciclar. Tres perros pequeños reposan a los pies de los inmigrantes.

La carpa de Alfredo Martínez es verde. El inmigrante mexicano de 38 años trabajaba en la construcción pero sus horas se redujeron cuando la pandemia empezó. Una falta de ingresos estable aumentó las tensiones con una compañera de piso y acabó en la calle, donde vive desde hace cuatro meses.

Martínez trabaja ahora de forma esporádica como jornalero en la construcción y espera ahorrar lo suficiente para rentar un cuarto y pagarse un curso de 40 horas sobre seguridad en la construcción que el estado de Nueva York exige a los que laboran en el sector.

“Pasó la pandemia y se fue todo abajo,” dijo Martínez. “Esta es la primera vez que algo así me pasa, pero creo que será algo pasajero. Así lo espero".

Según un reciente informe de la ciudad de Nueva York aproximadamente 476.000 inmigrantes sin autorización para vivir en el país residen en la metrópoli. La Oficina de Asuntos al Inmigrante estimó en el estudio que un 60% de los trabajadores que viven ilegalmente en el país ha perdido su trabajo o está en riesgo de perderlo, en comparación con un 36% del resto de los trabajadores.

INMIGRANTES, CADA VEZ MÁS POBRES POR LA PANDEMIA

La tasa de pobreza de los inmigrantes no autorizados en la ciudad es del 29,2%, por encima del 27% de los inmigrantes con tarjetas de residencia u otros estatus, indicó el informe. La tasa de pobreza de los nacidos en Estados Unidos en Nueva York es del 20%.

Los inmigrantes que viven ilegalmente en el país no pueden acceder a los estímulos del gobierno o a la ayuda por desempleo, incluso si pagan impuestos. Algunas ciudades y estados, sin embargo, han aprobado paquetes de asistencia para ellos.

California dio efectivo a los inmigrantes no autorizados el año pasado y legisladores en Nueva York crearon recientemente un fondo de 2.100 millones de dólares para ayudar a trabajadores que perdieron sus empleos o ganancias durante la pandemia y fueron excluidos de otros programas de asistencia del gobierno debido a su estatus migratorio. El programa es el mayor de este tipo en Estados Unidos.

En Arizona, grupos que ayudan a inmigrantes dijeron que las mujeres que limpian habitaciones de hotel están sufriendo financieramente y que las cosas empeoraron aún más con sus hijos en casa debido al cierre de las escuelas por la pandemia.

“La gente intenta llegar a fin de mes vendiendo tamales. Esta señora montó su tiendita justo afuera de su apartamento, vendiendo... lo que fuera a la gente que vive en ese complejo de edificios para poder juntar lo suficiente para cubrir la renta”, dijo Petra Falcón, directora de la organización de ayuda Promise Arizona, en Phoenix. 

Portavoces del Departamento de Vivienda y Desarrollo Humano de Estados Unidos dijeron que no tenían datos aún sobre el impacto de la pandemia en las cifras de la gente sin techo. Según un informe de la agencia, la indigencia aumentó un 2% entre 2019 y 2020, el cuarto aumento anual consecutivo. Casi un cuarto de las personas sin techo en el país eran hispanos.

Cirilo dijo que espera regresar a su país algún día. “Mis hijos me han pedido que regrese”, dijo. “Yo no quiero ir así, sin dinero”.

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